Yo soy Betty, la fea marcó un antes y un después en la televisión latinoamericana, además de convertirse en un referente a nivel mundial. Tiene un récord Guinness como la telenovela más versionada de la historia, y su versión original ha sido traducida a 25 idiomas.
¿Pero a qué se debe su éxito? ¿Por qué fue tan importante?, y, sobre todo, ¿por qué sigue tan vigente?
Un proyecto de bajo presupuesto
Cuando Fernando Gaitán les mostró a los directivos de RCN el guión de Yo soy Betty, la fea, ellos no estuvieron muy entusiasmados con la idea. ¿Una protagonista fea? ¿Un protagonista patán?
Betty rompía todos los moldes establecidos en la industria del melodrama, se trataba de un proyecto que podía salir o muy bien o muy mal. En palabras de Jorge Enrique Abello, quién interpretó al legendario Armando Mendoza, nadie confiaba realmente en el proyecto. No tenían idea de lo grande que sería.
Pero Fernando Gaitán estaba seguro de su idea, y convenció a RCN de apostar a este proyecto, que, sin duda, se trata de la producción más grande y fructífera del canal hasta ahora. Fue de esta manera que, destinando un presupuesto bastante limitado al principio, con el que únicamente se pudieron costear actores no muy conocidos, entre ellos una prometedora Ana María Orozco quien encarnó magistralmente a Betty, empezó la producción del icono televisivo en el que se convirtió Yo soy Betty, la fea.

La fórmula de la antitelenovela
La idea de Betty, la fea era mostrar una historia de amor desde la perspectiva de una mujer poco agraciada, una premisa con la cual, según Fernando Gaitán, muchísimas mujeres se sentirían identificadas. Pero este planteamiento iba en contra de todo lo que se tenía preconcebido para la protagonista de una telenovela.
Sin duda, su aspecto fue solo la parte inicial de la vuelta de tuerca que quería el escritor para su heroína. A medida de que la historia avanzaba, Betty demostró ser aguerrida, ambiciosa, capaz de mentir y manipular para conseguir sus objetivos, también de utilizar su poder para vengarse de quienes la lastimaban a ella o a sus amigos, y de mantener relaciones con un hombre comprometido. Para completar…¡tampoco era virgen!, el gran galán protagónico no sería su primera experiencia sexual.
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Esta protagonista se alejaba demasiado del estereotipo de chica bella, virginal e inocente, que por más de 60 años había liderado el lugar protagónico de cada producción latinoamericana, salvo por contadas excepciones.
Siguiendo esta misma línea, el enigmático Armando Mendoza, gran amor de Betty, tampoco se trataba del caballero noble, bondadoso y galante al que la televisión estaba acostumbrada. Este personaje mujeriego, superficial, impulsivo, y por momentos indiscutiblemente misógino, no encajaba con el modelo de hombre ideal.
Además, la lucha eterna entre ricos y pobres, otro gran elemento abordado en todas las telenovelas de nuestro continente, también se plantea desde una perspectiva diferente. La pobreza no se romantiza, tampoco se idealizan a los personajes humildes como seres honestos y sacrificados; así como se muestra la vulnerabilidad de los personajes millonarios, sus matices, sus carencias, y lo mucho que dependen de las apariencias.
Toda esta diversidad de personalidades y contextos, escritos con mucho realismo, honestidad y humor, conviviendo en un ambiente empresarial, con situaciones absurdas e hilarantes, complementadas con un guión orientado enteramente a la comedia, y ejecutado con actuaciones magistrales, lograron que el público se encariñara con cada uno de los personajes, y con la historia misma.
Es por esto que, a pesar de no cumplir con la fórmula de telenovela, esta anti-telenovela se ganó el corazón de millones de personas alrededor del mundo.
Una historia universal

Si bien Yo soy Betty, la fea tiene una esencia dosmilera muy marcada, y también demasiado de lo que era Colombia a principios del milenio, lo que plantea tiene un enfoque universal.
Los estratos sociales, el privilegio que otorgan la belleza, el dinero y los contactos, y los problemas que generan la falta de ese privilegio, así como la historia de autosuperación, son elementos con los que cualquier persona alrededor del planeta, se puede sentir identificada.
Quizás es por esta razón que la historia marcó un precedente en su país de origen y logró traspasar las fronteras. Fernando Gaitán nos narra la épica travesía de una mujer que empezó con nada y logró conseguirlo todo a pesar de tener el mundo en contra.
Un producto de su época
Claro que por muy interesante que sea la premisa de Yo soy Betty, la fea, no significa que esté libre de clichés nocivos, narrativas cuestionables y decisiones argumentales que pueden dar muchísimo de qué hablar en nuestros días.
Principalmente lo normalizada que está la violencia dentro de la historia, obviamente una consecuencia del machismo, que también es muy evidente en personajes principales como Armando Mendoza y Hermes Pinzón, el papá de Betty.
La homofobia también está súper presente a lo largo de toda la serie, a pesar de que Hugo Lombardi, el icónico diseñador de Ecomoda, es abiertamente gay. La forma en cómo los personajes masculinos reaccionan a su alrededor, y como el mismo Hugo habla de sí mismo, no es una representación para nada positiva de la Comunidad LGBTIQ. Por el contrario, solo es un ejemplo de machismo, y masculinidades tóxicas.
Aún así, hay que reconocer que a principios de los 2000 vivíamos en una sociedad muy diferente, donde no había conciencia sobre muchos temas que hoy en día dejaron de ser tabú, y por los cuales hay debates constantes.
Tampoco se le puede quitar el mérito de haber roto todas las barreras de audiencia, con personajes tan variopintos, y de mantener su éxito vigente después de 20 años.
¿Yo soy Betty, la fea funcionaría en 2022?

A pesar de que la historia original se ha mantenido en el top 10 de Netflix desde que esta compañía de streaming la subió en su plataforma, es difícil que volver a versionar esta telenovela en 2022, genere los mismos resultados que a principios de los 2000.
Más allá de que la trama ya se conoce, vivimos en un mundo muy distinto, donde si bien las redes sociales bombardean a la sociedad con estereotipos aspiracionales, también hay un importante debate abierto, que cuestiona constantemente qué significan la belleza, la feminidad y el éxito.
Para que la historia de una mujer como Betty vuelva a sentirse tan revolucionaria, debe ser muchísimo más disruptiva. Ya no basta con la fórmula de chica tenaz + amor platónico + hada madrina, ni tampoco con una mujer que es en realidad bonita y solo está “mal arreglada”, ¿cuántas veces hemos visto esta misma premisa?
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Tendríamos que preguntarnos seriamente, si de verdad sería novedoso volver al mismo guión, con uno que otro cambio, con actores diferentes, más presupuesto y smartphones. ¿Lograría el mismo furor?
Quizás en esta era, para que Betty se vuelva a ganar el corazón del público, se necesita una vuelta de tuerca aún más ambiciosa de la que propuso Fernando Gaitán.

Una Beatriz que no le de oportunidades a hombres como Armando Mendoza, que logre romper la represión y la burbuja con la que ha sido criada en su hogar, encontrando su propia independencia; y, sobre todo, que no necesite una “transformación” para encontrar su propio valor.
Se vale soñar, ¿no?
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